domingo, 11 de mayo de 2014

Unas aves del paraíso muy especiales, por Javier Merchante y sus alumnos






Hoy os traemos de nuevo el cuento Las aves del paraíso, recreado por Javier Merchante en un video-cuento interpretado e ilustrado por sus alumnos. Imaginaos la ilusión que nos ha hecho recibir esta sorpresa.
Nuestras felicitaciones a Javier Merchante por este trabajo y en especial a todo su equipo de artistas que han dado vida a nuestras aves del paraíso. ¡Ahora si que han echado a volar de verdad!

Los artistas que han hecho posible esta maravilla son los siguientes:
Reparto:
Títulos: Ángela Vasco y Paola Grau.
Narrador: Jesús Rosas.
Mamá: Ana Paula Colchero.
Flor 1: Marco Martínez.
Flor 2: Laura González.
Músicas: Popof y Sur (Jamendo).
Ilustraciones: Alumnas del C.P. Josefa Navarro Zamora, tutoría de 5º A. Curso 2.013/14: Ana Paula, Laura, Ángela y Paola.


No dejéis de visitarlo en El maestro cuentacuentos donde encontraréis muchos cuentos infantiles para ver y escuchar. Las aves del paraíso están aquí.



sábado, 19 de abril de 2014

Papá león



Hola, soy el león
el rey de la sabana.
Por la noche me gusta rugir
y a las cebras perseguir.

Por el día lo mejor,
una siesta entre la hierba
y bostezar con pereza,
bajo la acacia parasol.

Estoy casado
con tres leonas
guapas señoras,
no, no llevan melena
la melena la llevo yo.

Me gusta el pelo laaargo
mover los cabellos
de lado a lado.
Hay quien dice
que soy un presumido:
eso yo lo arreglo
con un buen rugido.

Tengo tres cachorros
ellos hacen corro
alrededor de su mamá.

Con ellos me gusta jugar,
si les muevo el rabo
lo quieren atrapar.

Con la zarpa muy flojito
les toco el hociquito
y les hago cosquillas
en sus barriguillas.

A veces son
un poco pesados,
se suben en mi lomo,
y eso es bastante cansado.

Si me doy un revolcón
sobre la hierba caen,
ese gran colchón.

Se ríen y se ríen
yo rujo de placer,
y ese mismo juego
jugamos otra vez.


domingo, 23 de marzo de 2014

Pluma coja





Pluma coja nunca había domado un caballo. Cuando un caballo salvaje le miraba a los ojos, le conquistaba la libertad de su mirada y subía a su lomo vencido por ella, arrebatado el ánimo de luchar contra tan noble firmeza. Por supuesto, acababa en el suelo al primer brinco del animal. La última vez que subió a un caballo, se lastimó la pierna en la caída. Su padre, al verlo levantarse del suelo cojeando, se arrancó una pluma de su penacho y la ensartó en su cinta de cabello:
—Desde hoy te llamarás Pluma coja y jamás montarás un caballo.
No lo hizo para humillarle, sino para que todos supieran solo con nombrarle que esa pluma le ayudaría a remontar otros vuelos.

Él agradeció la decisión de su padre: prefería cuidar los animales, guardarles el mejor heno, hacerlos correr por la pradera sin jinete (siempre acudían a su llamada), secar su sudor después de la carrera, peinar sus crines largas y eternas como la noche y mirarles a los ojos para descubrir ese ansia perenne de libertad que nunca se borraba de ellos. Porque un caballo, aún después de domado, tiende a escapar de las bridas, debe ser montado regularmente o la tarea habrá sido vana y habrá que comenzar de nuevo.

Un día, un caballo se rompió una pata. Todos querían sacrificarlo, incluso el Hombre medicina aconsejaba acabar con su sufrimiento. Pero Pluma coja se hizo cargo de él, vendó y entablilló su pata, le preparó un lecho de plumas y le contó historias de caballos que habían galopado hacia las estrellas.

Al séptimo día, el caballo se levantó. Seguía cojeando, pero podía andar. El caballo miró a Pluma coja y le pidió con los ojos que montara sobre él. Pluma coja subió en su lomo y el caballo trotó primero despacio, luego al galope y finalmente todo el poblado los vio emprender juntos el vuelo hacia las nubes.

Desde entonces llamaron al muchacho Caballo del cielo, aunque jamás volvieron a verle, salvo en los bordes deshilachados de la aurora boreal, donde se adivinaba el penacho de la cola del caballo cojo y los colores de su pluma rota.

domingo, 9 de marzo de 2014

Mi dinosaurio en el jardín




El dinosaurio de la juguetería era precioso.
Un diplodocus de color verde,
con el cuello largo y un cuerpo enorme.
Ahorré céntimos y céntimos
en mi hucha de cerdito
y ayer me lo compré.

Lo dejé en el jardín un momento
y se comió las margaritas de papá.
Eran sus margaritas preferidas.
Aún tenía margaritas entre los dientes
cuando papá fue a regarlas.

Mi papá se puso rojo (de rabia),
yo me puse azul (tierra, trágame),
el dinosaurio siguió siendo verde,
pero le salieron puntos blancos
(debe de ser alérgico a los pétalos de las margaritas).
A mamá le entró la risa, cogió la regadera de papá
y regó al dinosaurio.

—¡Vigila a tu dinosaurio! —me riñó papá— ¡Acabará comiéndonos también a nosotros!
—No, papá, los diplodocus son vegetarianos.
—¡Pues ojito con los rosales!— dijo papá.

A partir de entonces, no dejo solo a mi dinosaurio ni un segundo.

Hasta duerme conmigo.
Solo le doy de comer las malas hierbas del jardín.

Papá está contento
(ya no tiene que quitar las malas hierbas)
y mi dinosaurio es feliz
(tiene un estómago agradecido).
A mamá le encanta el dinosaurio
(sigue teniendo puntos blancos).
Y yo tengo compañía todas las horas del día
(y de la noche).

* * *
Hoy le he dado fiesta a Juanlu y os he puesto un dibujito mío...

sábado, 22 de febrero de 2014

Serafín el delfín




Serafín era un delfín del océano Atlántico que todos los años pasaba por el estrecho de Gibraltar al mar Mediterráneo.
Pero de repente, al pasar por las islas Baleares se desató una tormenta color marengo con las intenciones de crear el caos. Relámpagos cayeron por el mar, se crearon sifones submarinos y remolinos que conducían al centro de la tierra. Serafín estaba muy asustado y se dijo a sí mismo:
—Hoy no es mi día.
Y apretó los dientes yendo a contracorriente para ponerse a salvo. Al día siguiente, Serafín estaba a salvo en una isla pero su cola se había quedado sangrando pero por suerte por allí cerca vivía un niño y el niño pidió socorro, le vendaron y luego se lo agradeció saltando y haciendo giros en el agua y en el aire.
Al día siguiente volvió con su familia y les dijo que se iban de viaje al Polo Norte.





Cuento y dibujo de Pablo Vindel Acedo (10 años), alumno de Miguel Angel Page.

domingo, 16 de febrero de 2014

Gato con guantes



Frido era un gato muy fino,
distinguido y señorial,
la elegancia de un minino,
lindo como una postal.

Las uñas quería tener
afiladas a más no poder.
Arañaba y arañaba
la madera en su rincón.
Y que no se estropearan,
era su gran preocupación.

Al ser tan elegante
él siempre usaba guantes.

Guantes blancos por el día
cuando salía a pasear,
guantes negros por la noche,
si con la luna iba a bailar.

Usaba guantes de goma
para fregar la vajilla.
Usaba guantes de seda
para limpiar su mejilla.

Con las patitas enguantadas,
protegidas, bien mimadas,
saltaba sin hacer ruido,
muy valiente y decidido.

Solo una cosa no podía
hacer con guantes jamás;
todo el mundo lo sabía
y él lo sabía aún más...

Pero un día se olvidó
y los guantes no se quitó.
Un ratón vio pasar
y se lanzó a cazar.

Sus patas resbalaron
sobre la piel del ratón,
los guantes se rasgaron
sin conseguir ni un mechón

Porque gato con guantes
no caza...
¡No caza ni un melón!


domingo, 9 de febrero de 2014

El pez que quería volar como las mariposas

Donde hay un sueño, hay un camino.
Proverbio africano




Había una vez un pequeño pez que quería volar como las mariposas. Cada vez que ellas revoloteaban sobre el estanque, se las quedaba mirando embobado. Soñaba con extender sus aletas y elevarse con ellas por el cielo hasta alcanzar las nubes. Pero aunque saltaba sobre el agua y agitaba desesperadamente sus aletas, volvía a caer al agua.




Un día, una mariposa estaba sorbiendo agua con su espiritrompa en la arena húmeda junto a la orilla. El pez se acercó a ella y le preguntó:
—Mariposa, ¿puedes decirme cuál es el secreto para volar?
La mariposa lo miró extrañada y contestó:
—No es ningún secreto. Todas las mariposas saben como hacerlo: agitamos las alas suavemente y volamos sin pensar.
—Pero yo soy un pez y solo tengo estas aletas. ¿Cómo puedo volar yo?
La mariposa se rió con unas carcajadas chiquititas y punzantes como gotitas de lluvia helada y exclamó:
—¡Un pez no puede volar!
El pez se puso triste, pensó que la mariposa se burlaba de él por no saber volar. Se dio media vuelta, y ya se iba a marchar cuando la mariposa le dijo:
—¡Espera, pez! ¡No quería enfadarte! Muchas veces te veo en el estanque y me digo: ¡Ojalá pudiera nadar como ese pez!
—¡Deja de tomarme el pelo! —respondió ofendido el pez.
—Es cierto, pez. Las mariposas, solo podemos vivir en el aire. El agua es un paraíso prohibido para nosotras. Es maravilloso ver cómo tú te deslizas con suavidad en el agua, y das saltos fuera de ella, y luego vuelves a zambullirte de cabeza.

—Ven conmigo, yo te llevaré al fondo del estanque. Pero te aseguro que no es nada interesante…
—¿Que no es interesante? —replicó la mariposa—. Cómo me gustaría sumergirme en el estanque y sentir el agua acariciando mi cuerpo y ver a tus otros hermanos peces de colores tan hermosos y correr bajo ella como un torpedo… Pero si me meto en el agua, mis alas se empaparán, mis traqueas se llenarán de agua y me ahogaré. Yo no puedo nadar y tú no puedes volar, querido amigo.
Los dos se quedaron callados, pensativos.
—Quizá con la ayuda de unas cuantas amigas pueda ayudarte… —exclamó de repente la mariposa.
Y salió volando, tan alegre como siempre en busca de más mariposas.
Regresó con un montón de amigas que llevaban una red en sus patas.
—¡Te vamos a llevar entre todas a dar un paseo volador! —exclamó la mariposa.
Hicieron saltar al pez dentro de la red, cuando ya lo tenían dentro, y bien sujeto le dijo:
—¿Estás preparado?
—Sí —dijo el pez—. Pero como yo no puedo respirar fuera del agua, cuando ya no pueda aguantar más la respiración moveré la cola y me soltáis al agua, ¿vale?
—De acuerdo, pez. Coge mucho aire. ¡Una, dos y… tres!
Las mariposas cogieron los extremos de la red, batieron sus alas a la vez y se elevaron despacio, portando al pez sobre el estanque. El pez se sintió ligero, volaba como por arte de magia. Era tan hermoso verlo todo desde lo alto: el estanque con sus hermosas flores de loto y las ramas de los árboles y sus hojas, y las flores de la orilla… Las cosas se alejaban y se veían más pequeñas al elevarse. Y todo tenía un color diferente visto desde fuera del agua. Y miró hacia arriba y contempló las nubes, que todavía estaban lejos.
—Nosotras tampoco podemos tocar las nubes, ¿eh? —le dijo la mariposa guiñándole un ojo.
Fue un paseo muy breve, porque enseguida le faltó el aire, y empezó a colear agitado. Las mariposas soltaron las puntas de la red y el pez se zambulló de cabeza al agua.
Regresó a su hogar, fresco y seguro, tan contento que les agradeció entusiasmado:
—¡Gracias, mariposas, por ayudarme a conocer la maravillosa experiencia de volar!
Las mariposas, aunque cansadas por el esfuerzo, se reían al verlo feliz.

* * *

La mariposa venía a ver al pez todas las tardes y le pedía que le contara cosas del fondo del estanque. A partir de entonces, el pez empezó a fijarse bien en los seres y objetos que lo rodeaban para hablarle de ellos a la mariposa. Y se dio cuenta de que era un mundo muy hermoso. Como lo veía todos los días, no había sabido apreciarlo hasta entonces. Deseaba que la mariposa pudiera conocer también su mundo acuático como él había conocido el suyo del aire. Pero dentro del agua la mariposa moriría, así que solo podía contarle cómo era la vida en el estanque.
Al cabo de unos días el pez encontró una botella en la orilla. Era completamente transparente y enseguida una idea se iluminó en su cabeza. Cuando vino la mariposa, le dijo que con esa botella podría llevarla a dar un paseo subacuático.
La mariposa aceptó la idea encantada. Metieron unas cuantas piedras en la botella, para que no flotara. La mariposa se introdujo dentro de la botella, el pez cerró bien el tapón y la metió dentro del agua. El pez empujó la botella y la llevó por todo el fondo del estanque. La mariposa descubrió allí a los renacuajos regordetes, los tallos enredosos de las hojas del loto, los rayos del sol que traspasaban el agua iluminando las algas, esa luz difuminada que creaba un mundo de fantasía. Dentro de la botella admiró el color brillante de las piedras mojadas, los alegres peces payaso, los cangrejos de río, y las tortugas que nadan en el agua mucho más elegantemente que cuando andan por la tierra. Miraba todo aquello encantada.
Cuando llegó la noche, el pez empujó la botella fuera del agua y abrió el tapón. La mariposa revoloteó emocionada a su alrededor.
—Ha sido maravilloso conocer tu mundo, pez, muchas gracias. Nunca olvidaré esta tarde en el estanque.
—Lo mismo que yo nunca olvidaré mi paseo volador —contestó el pez.